ARTÍCULO: «Almacén de barrio, la reinvención del comercio»

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Mientras muchos plantean que hoy lo urgente es inyectarles financiamiento a las Pyme, José Manuel Moller -quien trabaja estrechamente con almacenes a través de su empresa Algramo- sostiene que estos locales deben analizarse más como familias que como negocios.

«Es súper cómodo pensar que el problema de los almacenes hoy es la falta de financiamiento….Es mucho más que eso. Es más que el negocio, es su familia».

José Manuel Moller ha pasado los últimos años conversando a diario con almaceneros de barrio. Su empresa Algramo –que nació como un emprendimiento en 2012- abastece con productos a granel a más de 2 mil comercios. Moller propone hilar más fino en el diagnóstico de la situación de estas PYME -hay en Chile aproximadamente 120 mil negocios de barrio- tras el conflicto social y sumarle elementos al diagnóstico, más que solo decir esto se arregla con una inyección de créditos baratos.

«El tercer almacén con que comencé a trabajar fue el de Paz Yen en la Pincoya. Ella tiene una hija con una enfermedad y no tenía con quien dejarla por lo que comenzó el almacén como un negocio de subsistencia para a la vez poder cuidarla y tener algunos ingresos». Muchas historias en este rubro parten así: una mujer que está a cargo de niños o adultos mayores y como no tienen alternativa para el cuidado y además como es trabajo no remunerado, se ven obligadas a buscar fuentes de ingresos desde la casa y comienza vendiendo productos para generar recursos propios. Por eso, dice Moller, es clave entender que el almacenero apoya las demandas de salud, educación y otras , porque también son las suyas.

El empresario cuenta que le ha tocado muchas veces ver a almaceneras que se endeudan para que sus hijos estudien en la universidad las cuales les prometen un futuro mejor y exitoso , y terminan trabajando con ellos en el almacén o ganando menos que sus padres. «Es una frustración enorme para ellos que sus hijos no logren estar mejor que ellos después de que se instaló en Chile la idea de que todos deben ser profesionales y que solo basta con endeudarse. Estas son personas que hipotecan su PYME para que su hijo salga del barrio».

Además, hay otras vulnerabilidades que son propias de una PYME: dado que es la familia misma la que se encarga del local, «se le enferma alguien, y deben cerrar el negocio porque se deben endeudar para un tratamiento carísimo, no hay margen de error para las almaceneros. Muy pocas veces he visto cerrar un local por malas decisiones comerciales, pero sí muchas veces por enfermedad de alguno de sus cercanos».

A los asuntos de salud y educación se suman factores propios del tipo de trabajo: «El almacenero de barrio no puede descansar. Su casa está en el negocio. Los vecinos exigen. La mayoría están amarrrados y como no están tecnologizados, no pueden dejar a nadie externo a cargo del negocio. A lo más, a los que les va muy bien, cierran unas semanas en el verano y pierden todos esos días de venta, están atrapados en un ritmo agotador y de no acabar. Es por esto que tenemos almaceneros de más de 80 años que no paran, es porque no hay otra alternativa, no tienen posibilidad de jubilación».

Sobre la situación del último mes, cuenta que los almacenes fueron menos saqueados que el comercio en general, porque «son respetados en el barrrio, entre otras cosas, porque el dueño es un vecino más y porque muchas veces les fía a sus clientes y se relacionan de igual a igual».

En las últimas semanas los ha visto preocupados por dos temas: primero, el abastecimiento ya que «se sintieron botados la primera semana». En algunos barrios Algramo fue el único que llegó con mercadería y Moller y su equipo se sentían responsables de no parar. Estas semanas de crisis han reafirmado su visión de que «el error está en no analizar el almacén dentro del entorno. Al almacenero le pega igual de fuerte no poder vender que el tener que endeudarse para salud, educación o peor aún, no poder pensar en un retiro con una pensión justa».

Fuente: Diario Financiero (25/11/2019)
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